CICLO
"Genealogía de la Moral" (PARTE II/IV)
«Culpa», «mala conciencia» y similares (I)
"Genealogía de la Moral" (PARTE II/IV)
«Culpa», «mala conciencia» y similares (I)

El segundo tratado de Genealogía de la Moral, «Culpa», «mala conciencia» y similares, es en mi opinión el más rico en conceptos e ideas. Literariamente es sobresaliente y filosóficamente es denso y brillante. Aquí solamente abordaré conceptos e ideas que me han parecido las más destacables.
Por parecerme un tanto extenso, he dividido en dos partes la que iba a ser solamente una la dedicada al segundo tratado de Genealogía de la Moral.■
I
Nietzsche nos habla de una característica del ser noble o, más bien, del animal-hombre, pues el alemán nos acerca en cierta medida a cómo el animal-hombre se convierte en soberano; hablamos de la «capacidad de olvido». Para Nietzsche, esta capacidad es premisa de toda felicidad, una forma de guardarse nada, de permanecer alejado del resentimiento y de otros venenos laureados por los esclavos: base para una buena conciencia. Pero he ahí que el hombre-animal hubo de poner en suspenso, en algunos casos, esa capacidad de olvido y fomentar «el hacer promesas», pero no como una mirada hacia atrás, sino como un salto al futuro, un adelantarse al futuro. Nietzsche la representa como una fuerza opuesta a la «capacidad de olvido» con la que el ser noble se forja una memoria y se hace “calculable” y “causal”: este tipo de hombre deviene. Así nace un hombre libre, un hombre soberano y activo, el único a quien le será lícito hacer promesas, pues tendrá la fortaleza suficiente para llegar siempre hasta el final y mantener su palabra. Sea este tipo de hombre el veraz por excelencia.■
II
(…) Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre - ¡y también en la pena hay muchos elementos festivos! -■
FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 87. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
Tal vez Nietzsche parece cruel en su exposición, pero es algo tan real que no puede decirse de otra forma. Ver-sufrir y hacer-sufrir es gozoso, lo podemos observar cotidianamente cuando vemos a personas reírse cuando salen vídeos donde gente se cae al suelo y cosas por el estilo. Alguien que se haga sufrir y se deje hacer sufrir es un gran humorista; desde luego, con tal aptitud nacen los mayores histriones de la ludopatía torturadora: el judeocristianismo ha sido prolífico en el mundo del humor. Pero la crueldad y el sufrimiento tienen una gran función vital y ordenadora, y es que forjan la memoria; es, como dice Nietzsche, “un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano”. Pero claro, el sufrimiento del que Nietzsche habla no es gratuito, es, al contrario, necesario para toda elevación del tipo hombre.
El sufrimiento como algo imprescindible para la vida en lugar de uno de los reparos que ponen algunos en contra de la existencia. El sufrimiento, la sangre… todo ello tiene algo festivo y orgiástico, algo vital y exuberante. La vida es vida en cuanto es sufrimiento, sin sufrimiento no hay vida, no hay lucha, el hombre se queda sin memoria, autista, sumido en el tedio. Esto es patente en nuestra actualidad, en nuestra sociedad de bienestar, donde la juventud vive apática en un mundo donde todo está hecho, donde el sufrimiento queda anulado, donde la vida se transforma en hastío, en camino llano hacia un nihilismo pasivo y destructivo y una vida enclenque e insignificante. Entonces, ¿qué es gozar del sufrimiento? Pues así lo asevero categóricamente: “AFIRMAR LA VIDA”. Podría decirse que toda indignación actual hacia todo sufrimiento viene dada por su absurdo, por su gratuidad. Empero, el sufrimiento del héroe, en cuanto que sufre porque vive y no porque se autotortura, de ese sufrimiento es el del que debemos gozar, pues es un paradigma vital, un aire fresco, una vacuna contra el dichoso hastío. ¡Seamos heroicos!
Quisiera hacer énfasis en el sufrimiento como entrega, como forma activa, propia de hombres nobles y del hombre antiguo (hombre noble por excelencia), a pesar de algún loable aunque mortificador Sócrates (que murió como (semi)héroe, no como mártir –ya analizaremos esta antítesis). Entender que la vida es un sacrifico y entregarse a ella con goce es lo que diferencia a un hombre activo de otro pasivo o de mentalidad esclava. Sin esa actitud sufriente del hombre vigoroso y formidable en entrega no es posible entender al griego o al romano que veía en su sufrimiento una forma de engrandecer a los dioses. Hablamos del ofrecimiento a unos dioses donde los hombres se veían representados y divinizados. Sus dioses eran fuertes, exigían del hombre un sufrimiento-esfuerzo para crecer y les castigaban para ponerles a prueba, para que fueran hercúleos: “que los dioses se lo exigían” significa lo mismo que “ellos mismos se lo exigían”. Sin embargo, el Dios Singular, el Dios único, ha convertido al hombre en un ser mortificado y sobre todo en un pusilánime. Y a pesar de todo el cristianismo necesitó de los fuertes, de los cruzados, de los templarios… -paganos cristianizados-, que lucharon pensando que el Dios Singular era un Dios varonil… Estos guerreros eran activos paradójicamente, iracundos y “afectuosos” (en cuanto pasionales y entregados con temeridad y vitalidad) aunque fuera con una fe de siervos, y sin ellos el cristianismo… ¡Qué paradoja!
(…) ¿Qué sentido último tuvieron, en el fondo, las guerras troyanas y otras atrocidades trágicas semejantes? No se puede abrigar la menor duda sobre esto: estaban concebidas como festivales para los dioses; y en la medida en que el poeta está en esto constituido más «divinamente» que los demás hombres, sin duda también como festivales para los poetas... (…)
FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 90. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■
III
ANTÍTESIS HÉROE-MÁRTIR
Y DESMITIFICACIÓN DE SÓCRATES
Para mí esta antítesis es sumamente interesante pues se tratan de conceptos radicalmente opuestos a pesar que desde fuera puedan observarse como algo semejante. También son interesantes porque hablan del deber y del sufrimiento y de dos posturas religiosas distintas.
Ante todo, el héroe es un hombre con voluntad, pues se siente empujado a gratificar a los dioses, que es lo mismo que gratificarse a sí mismo: los dioses son un consuelo y un revulsivo -¡encumbrémonos como dioses! Se entrega en todo lo que hace, es un ser artístico: los dioses son de hecho una manifestación escultórica, apolínea (Recomiendo la lectura de El Nacimiento de la Tragedia de Nietzsche). Su sufrimiento es producto del esfuerzo y de los obstáculos que le brinda la vida; su alivio reside en la exteriorización de su fuerza y de las pasiones. El héroe no quiere morir, el héroe quiere ser eterno, dice sí a la vida y a todas las vidas, quiere vivir aún estando muerto: un hombre así se forja una memoria para sí y para los demás, es el hombre que hace promesas, que se adelanta al futuro y que pretende y desea que todos le recuerden. Su pulsión es, por lo tanto, activa; sus arranques y padecimientos son exuberantes y van encaminados hacia la divinización de su unicidad como hombre: es un mortal orgulloso de sí mismo y como tal ama sin reparo todo aquello que le es importante. En definitiva, todo lo que hace es por amor a sí mismo, a los dioses, a sus iguales… no conoce el odio, no es un odiador, aunque sí conoce el desprecio y a lo despreciable, es decir, aquello que no es digno de su amor porque no se lo ha ganado.
El mártir es por necesidad un hombre ciego, un hombre con deudas, un hombre, en definitiva, sin voluntad, únicamente apto para obedecer. Él no hace más que someterse a su Dios sin más: ni elige ni decide, su sufrimiento es interior y su destino está fijado: no es soberano, él mismo no es su causa, no es dueño de sus efectos. A este ser lo empuja una pulsión de muerte: el ser mártir se aboga a la muerte sin remedio, es un negador que no cree en esta vida y si en el más allá, un más allá estático asentado en la contemplación de Dios y en la irrealidad. Cree en el destino y no en el devenir, no hablamos de un hombre de mando, sino de un hombre encadenado. El mártir interioriza como una cloaca, se echa la culpa de su condición y de sus padecimientos: todo sufrimiento le parece incurable, no goza de la vida en absoluto. Se odia, es un odiador.
Con esto reflejamos que no solamente es héroe o mártir aquel quien en los momentos que propician su muerte se comporta de tal o cual forma, sino que hablamos de una forma de afrontar la existencia. Esta discusión nació gracias a una inquietud mía respecto a Sócrates, aunque refiriéndome a su forma de afrontar la muerte. Al griego, no sé cómo ni por qué, se le ha pretendido cristianizar y apodarle con conceptos no aptos para su tiempo –además de equipararle a Jesús–; y con tal afán llamarle equivocadamente mártir. Es cierto que Sócrates es en cierto modo un advenedizo del cristianismo por el hecho de dotar al hombre de alma, de abrir los caminos hacia la espiritualidad y haber sido tutor de uno de los ideólogos involuntarios del cristianismo: Platón. Pero esto no es lo importante, yo veo en Sócrates a un griego y como a tal le haré justicia, pues ni de lejos le imagino con mala conciencia –sino como un creador de mala conciencia-, acaso solamente aquella que le produjera su mujer, Jantipa. ¡Qué diferente habría sido Sócrates con otra mujer! (jajaja)
Muchos dicen que Sócrates murió por sus ideas y que como tal fue un mártir. Yo digo que no, ni siquiera creo que tomara la cicuta de forma voluntaria. Pero demos por válido que murió por sus ideas -en realidad él fue simplemente juzgado y condenado, es decir, la justicia propició su muerte, si no hubiera sucedido eso nunca se habría hablado de un Sócrates muerto por sus ideas como dicen, sino de un Sócrates muerto de viejo o de alguna enfermedad-. Y para empezar, un mártir no muere por sus ideas, alguien que muere por sus ideas es alguien que muere por sí mismo y por el deber soberano que a sí mismo se otorga, y eso es más propio de un héroe, de alguien orgulloso y con voluntad que sabe elegir libremente sin entregarse a nada ciegamente. Un mártir, por el contrario, obedece sin más un dictamen, un destino, y lo cumple sin plantearse nada, sin conciencia y sin pensar.
Pero ante todo Sócrates fue juzgado y castigado como he enfatizado anteriormente por diversos motivos: políticos, sociales, etc. ¿Todo el que es juzgado y castigado es un mártir o un héroe? Creo que no y el afirmarlo sería grotesco. Que Sócrates aceptara la condena es solamente un gesto de nobleza en apariencia. Su actitud iba más encaminada a la idea de perdurar en el tiempo, a ser eterno y ejemplarizante: Sócrates simplemente se comportaba trágicamente como en un teatro griego, con heroicidad; es más, creo que Sócrates murió con buena conciencia, pues el ingerir de forma voluntaria la cicuta (no lo fue en cuanto que se le impuso como castigo) fue un acto de venganza. ¡Sí!, fue su venganza contra las leyes y la ciudad que le condenó, la misma venganza que propició el surgimiento de la mala conciencia que prosperó por su muerte y, aunque parezca cruel decirlo, dando a entender que su castigo fue injusto y que un hombre bueno había sido asesinado: esa es su venganza, en esa inversión reside todo el mal y la gran obra de Sócrates. Así se inoculó la mala conciencia y la culpa entre los griegos.
El inteligente Sócrates, padre de la moral, supo ganarse la eternidad de forma malvada e ingeniosa con artimañas femeninas, una máscara de victimismo y adoptando pose de un nuevo tipo de hombre, el mártir (pero insisto en que esta cosa llamada mártir es un concepto cristiano y que no se adecua a la época socrática); es decir, adoptando la figura del tipo de hombre-esclavo que él quería dominar con su moral, pues como todo griego vigoroso quería dominar y que le obedecieran. Para mí Sócrates no fue ni héroe ni mártir –y acaso me parezca héroe en lugar de mártir, aunque no héroe para hombres nobles–; no obstante hizo de su muerte toda una muestra de heroicidad, negándo el exilio. Pero no lo hizo por su honor, porque no deseaba vivir con vergüenza, ¡porque sabía de las ventajas de la muerte y de la inmortalidad del alma! En definitiva, Sócrates siempre ha sido demasiado griego como para apoderárselo la cristiandad a pesar de los pesares.■
Por parecerme un tanto extenso, he dividido en dos partes la que iba a ser solamente una la dedicada al segundo tratado de Genealogía de la Moral.■
I
Nietzsche nos habla de una característica del ser noble o, más bien, del animal-hombre, pues el alemán nos acerca en cierta medida a cómo el animal-hombre se convierte en soberano; hablamos de la «capacidad de olvido». Para Nietzsche, esta capacidad es premisa de toda felicidad, una forma de guardarse nada, de permanecer alejado del resentimiento y de otros venenos laureados por los esclavos: base para una buena conciencia. Pero he ahí que el hombre-animal hubo de poner en suspenso, en algunos casos, esa capacidad de olvido y fomentar «el hacer promesas», pero no como una mirada hacia atrás, sino como un salto al futuro, un adelantarse al futuro. Nietzsche la representa como una fuerza opuesta a la «capacidad de olvido» con la que el ser noble se forja una memoria y se hace “calculable” y “causal”: este tipo de hombre deviene. Así nace un hombre libre, un hombre soberano y activo, el único a quien le será lícito hacer promesas, pues tendrá la fortaleza suficiente para llegar siempre hasta el final y mantener su palabra. Sea este tipo de hombre el veraz por excelencia.■
II
(…) Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre - ¡y también en la pena hay muchos elementos festivos! -■
FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 87. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
Tal vez Nietzsche parece cruel en su exposición, pero es algo tan real que no puede decirse de otra forma. Ver-sufrir y hacer-sufrir es gozoso, lo podemos observar cotidianamente cuando vemos a personas reírse cuando salen vídeos donde gente se cae al suelo y cosas por el estilo. Alguien que se haga sufrir y se deje hacer sufrir es un gran humorista; desde luego, con tal aptitud nacen los mayores histriones de la ludopatía torturadora: el judeocristianismo ha sido prolífico en el mundo del humor. Pero la crueldad y el sufrimiento tienen una gran función vital y ordenadora, y es que forjan la memoria; es, como dice Nietzsche, “un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano”. Pero claro, el sufrimiento del que Nietzsche habla no es gratuito, es, al contrario, necesario para toda elevación del tipo hombre.El sufrimiento como algo imprescindible para la vida en lugar de uno de los reparos que ponen algunos en contra de la existencia. El sufrimiento, la sangre… todo ello tiene algo festivo y orgiástico, algo vital y exuberante. La vida es vida en cuanto es sufrimiento, sin sufrimiento no hay vida, no hay lucha, el hombre se queda sin memoria, autista, sumido en el tedio. Esto es patente en nuestra actualidad, en nuestra sociedad de bienestar, donde la juventud vive apática en un mundo donde todo está hecho, donde el sufrimiento queda anulado, donde la vida se transforma en hastío, en camino llano hacia un nihilismo pasivo y destructivo y una vida enclenque e insignificante. Entonces, ¿qué es gozar del sufrimiento? Pues así lo asevero categóricamente: “AFIRMAR LA VIDA”. Podría decirse que toda indignación actual hacia todo sufrimiento viene dada por su absurdo, por su gratuidad. Empero, el sufrimiento del héroe, en cuanto que sufre porque vive y no porque se autotortura, de ese sufrimiento es el del que debemos gozar, pues es un paradigma vital, un aire fresco, una vacuna contra el dichoso hastío. ¡Seamos heroicos!
Quisiera hacer énfasis en el sufrimiento como entrega, como forma activa, propia de hombres nobles y del hombre antiguo (hombre noble por excelencia), a pesar de algún loable aunque mortificador Sócrates (que murió como (semi)héroe, no como mártir –ya analizaremos esta antítesis). Entender que la vida es un sacrifico y entregarse a ella con goce es lo que diferencia a un hombre activo de otro pasivo o de mentalidad esclava. Sin esa actitud sufriente del hombre vigoroso y formidable en entrega no es posible entender al griego o al romano que veía en su sufrimiento una forma de engrandecer a los dioses. Hablamos del ofrecimiento a unos dioses donde los hombres se veían representados y divinizados. Sus dioses eran fuertes, exigían del hombre un sufrimiento-esfuerzo para crecer y les castigaban para ponerles a prueba, para que fueran hercúleos: “que los dioses se lo exigían” significa lo mismo que “ellos mismos se lo exigían”. Sin embargo, el Dios Singular, el Dios único, ha convertido al hombre en un ser mortificado y sobre todo en un pusilánime. Y a pesar de todo el cristianismo necesitó de los fuertes, de los cruzados, de los templarios… -paganos cristianizados-, que lucharon pensando que el Dios Singular era un Dios varonil… Estos guerreros eran activos paradójicamente, iracundos y “afectuosos” (en cuanto pasionales y entregados con temeridad y vitalidad) aunque fuera con una fe de siervos, y sin ellos el cristianismo… ¡Qué paradoja!
(…) ¿Qué sentido último tuvieron, en el fondo, las guerras troyanas y otras atrocidades trágicas semejantes? No se puede abrigar la menor duda sobre esto: estaban concebidas como festivales para los dioses; y en la medida en que el poeta está en esto constituido más «divinamente» que los demás hombres, sin duda también como festivales para los poetas... (…)
FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 90. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■
III
ANTÍTESIS HÉROE-MÁRTIR
Y DESMITIFICACIÓN DE SÓCRATES
Para mí esta antítesis es sumamente interesante pues se tratan de conceptos radicalmente opuestos a pesar que desde fuera puedan observarse como algo semejante. También son interesantes porque hablan del deber y del sufrimiento y de dos posturas religiosas distintas.
Ante todo, el héroe es un hombre con voluntad, pues se siente empujado a gratificar a los dioses, que es lo mismo que gratificarse a sí mismo: los dioses son un consuelo y un revulsivo -¡encumbrémonos como dioses! Se entrega en todo lo que hace, es un ser artístico: los dioses son de hecho una manifestación escultórica, apolínea (Recomiendo la lectura de El Nacimiento de la Tragedia de Nietzsche). Su sufrimiento es producto del esfuerzo y de los obstáculos que le brinda la vida; su alivio reside en la exteriorización de su fuerza y de las pasiones. El héroe no quiere morir, el héroe quiere ser eterno, dice sí a la vida y a todas las vidas, quiere vivir aún estando muerto: un hombre así se forja una memoria para sí y para los demás, es el hombre que hace promesas, que se adelanta al futuro y que pretende y desea que todos le recuerden. Su pulsión es, por lo tanto, activa; sus arranques y padecimientos son exuberantes y van encaminados hacia la divinización de su unicidad como hombre: es un mortal orgulloso de sí mismo y como tal ama sin reparo todo aquello que le es importante. En definitiva, todo lo que hace es por amor a sí mismo, a los dioses, a sus iguales… no conoce el odio, no es un odiador, aunque sí conoce el desprecio y a lo despreciable, es decir, aquello que no es digno de su amor porque no se lo ha ganado.
El mártir es por necesidad un hombre ciego, un hombre con deudas, un hombre, en definitiva, sin voluntad, únicamente apto para obedecer. Él no hace más que someterse a su Dios sin más: ni elige ni decide, su sufrimiento es interior y su destino está fijado: no es soberano, él mismo no es su causa, no es dueño de sus efectos. A este ser lo empuja una pulsión de muerte: el ser mártir se aboga a la muerte sin remedio, es un negador que no cree en esta vida y si en el más allá, un más allá estático asentado en la contemplación de Dios y en la irrealidad. Cree en el destino y no en el devenir, no hablamos de un hombre de mando, sino de un hombre encadenado. El mártir interioriza como una cloaca, se echa la culpa de su condición y de sus padecimientos: todo sufrimiento le parece incurable, no goza de la vida en absoluto. Se odia, es un odiador.
Muchos dicen que Sócrates murió por sus ideas y que como tal fue un mártir. Yo digo que no, ni siquiera creo que tomara la cicuta de forma voluntaria. Pero demos por válido que murió por sus ideas -en realidad él fue simplemente juzgado y condenado, es decir, la justicia propició su muerte, si no hubiera sucedido eso nunca se habría hablado de un Sócrates muerto por sus ideas como dicen, sino de un Sócrates muerto de viejo o de alguna enfermedad-. Y para empezar, un mártir no muere por sus ideas, alguien que muere por sus ideas es alguien que muere por sí mismo y por el deber soberano que a sí mismo se otorga, y eso es más propio de un héroe, de alguien orgulloso y con voluntad que sabe elegir libremente sin entregarse a nada ciegamente. Un mártir, por el contrario, obedece sin más un dictamen, un destino, y lo cumple sin plantearse nada, sin conciencia y sin pensar.
Pero ante todo Sócrates fue juzgado y castigado como he enfatizado anteriormente por diversos motivos: políticos, sociales, etc. ¿Todo el que es juzgado y castigado es un mártir o un héroe? Creo que no y el afirmarlo sería grotesco. Que Sócrates aceptara la condena es solamente un gesto de nobleza en apariencia. Su actitud iba más encaminada a la idea de perdurar en el tiempo, a ser eterno y ejemplarizante: Sócrates simplemente se comportaba trágicamente como en un teatro griego, con heroicidad; es más, creo que Sócrates murió con buena conciencia, pues el ingerir de forma voluntaria la cicuta (no lo fue en cuanto que se le impuso como castigo) fue un acto de venganza. ¡Sí!, fue su venganza contra las leyes y la ciudad que le condenó, la misma venganza que propició el surgimiento de la mala conciencia que prosperó por su muerte y, aunque parezca cruel decirlo, dando a entender que su castigo fue injusto y que un hombre bueno había sido asesinado: esa es su venganza, en esa inversión reside todo el mal y la gran obra de Sócrates. Así se inoculó la mala conciencia y la culpa entre los griegos.
El inteligente Sócrates, padre de la moral, supo ganarse la eternidad de forma malvada e ingeniosa con artimañas femeninas, una máscara de victimismo y adoptando pose de un nuevo tipo de hombre, el mártir (pero insisto en que esta cosa llamada mártir es un concepto cristiano y que no se adecua a la época socrática); es decir, adoptando la figura del tipo de hombre-esclavo que él quería dominar con su moral, pues como todo griego vigoroso quería dominar y que le obedecieran. Para mí Sócrates no fue ni héroe ni mártir –y acaso me parezca héroe en lugar de mártir, aunque no héroe para hombres nobles–; no obstante hizo de su muerte toda una muestra de heroicidad, negándo el exilio. Pero no lo hizo por su honor, porque no deseaba vivir con vergüenza, ¡porque sabía de las ventajas de la muerte y de la inmortalidad del alma! En definitiva, Sócrates siempre ha sido demasiado griego como para apoderárselo la cristiandad a pesar de los pesares.■
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